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Hay casas que cuentan la historia de un matrimonio. Y hay casas que, después del divorcio, siguen contando esa historia por años, con cada recorte de precio, con cada intento fallido. La mansión de Jennifer Lopez y Ben Affleck en Beverly Hills es, hoy, un caso de manual.
Cómo empezó todo
Affleck y Lopez compraron la propiedad en junio de 2023 por 60,85 millones de dólares en efectivo. Meses después, ya en medio de la separación, la sacaron a la venta. La operación arrancó fuerte: pidieron 68 millones de dólares, y en septiembre bajaron a 52 millones, sin conseguir comprador. En enero de este año, cansados de que el mercado no respondiera, retiraron la propiedad de los portales, luego de un año y medio intentando venderla al precio original.
El giro: Affleck le regala su parte
En abril, el capítulo dio un vuelco. Documentos judiciales revelados en su momento confirmaron que Affleck transfirió toda su participación en la mansión a Lopez, sin recibir nada a cambio. En la práctica, esto significa que ella queda como única dueña y también como única responsable de los costos asociados a la venta.
Con el terreno despejado —nunca mejor dicho—, Lopez actuó rápido: el 5 de mayo volvió a listar la casa, esta vez en 50 millones de dólares.
La propiedad, en concreto
Estamos hablando de un terreno de cinco acres, con 12 dormitorios y 24 baños, y entre sus amenidades destaca un gimnasio completo, canchas de básquetbol y pickleball, una casa de huéspedes de 5.000 pies cuadrados y estacionamiento para hasta 80 vehículos.
Mi lectura como corredor
Aquí hay una lección que aplica igual en Beverly Hills que en Vitacura: el precio de lista no vende, el precio de mercado vende. Pedir 68 millones por una casa que el mercado valora más cerca de 50 es como querer vender un kilo de peras al precio de un kilo de cerezas. Puede que la fruta sea espectacular, pero si el comprador no está dispuesto a pagar esa diferencia, la propiedad se queda esperando. Y esperó: un año y medio.
Lo interesante ahora es que, al quedar Lopez como única propietaria, se elimina el problema clásico de estas ventas de pareja: la negociación entre dos partes con expectativas distintas. Un solo dueño, con un solo criterio de precio, suele decidir —y vender— más rápido.
Vamos a seguir esta historia de cerca. Con una casa así, el próximo movimiento puede ser una nueva rebaja o, por fin, un comprador.